EL JINETE DE LA GUADAÑA
<b>Pesadillas de la muerte se nos presentan en cualquier
momento</b>
<b>J L Martin</b> en una de sus viñetas cuyo
protagonista es Quico Jubilata se inspira en Apocalipsis 6: 8), texto bíblico
que dice: “Miré, y he aquí un caballo amarillento y el que lo montaba tenía por
nombre Muerte, i el Infierno le seguía”. A este extraño personaje se acostumbra
a representarlo con rostro descarnado y con una guadaña en la mano. Habiendo hecho
ese inciso vayamos a la viñeta que en este caso no es Quico el protagonista,
sino su mujer.
En la primera escena, la Muerte con su inseparable guadaña se
desplaza volando. En la segunda Quico está durmiendo junto a su esposa que
despierta se dice: “Otra vez esta pesadilla estúpida”. En la tercera escena la
Muerte se acerca amenazadora a la mujer. El texto dice: Se presenta la Muerte
en la habitación”. La mujer viendo la muerte tan cercana tiene una idea
luminosa. En la cuarta escena la mujer muestra una cajita a una Muerte que se
desternilla de risa. La mujer se dice ante la presencia de visitante tan
inoportuno: “Y se parte de risa cuando le enseño la crema antiedad”.
J L Martin, con humor presenta una verdad que debería
hacernos reflexionar a todos. La muerte es un final de trayecto inevitable.
Nadie se escapa de su visita. La mujer de Quico cree que la crema antiedad
resolverá el problema. La muerte no puede por menos que reírse de tal
ocurrencia. El mercado de la cosmética junto con la cirugía estética mueve
miles de millones de euros, dando falsas esperanzas a las mujeres que creen que
si utilizan la crema antiedad o permiten que el bisturí esculpa su cuerpo
conservarán la belleza juvenil y gozaran de juventud eterna. Los cosméticos no
lo consiguen ni la cirugía estética.
Las personas que pretenden frenar los efectos del curso del tiempo en sus
cuerpos utilizando pócimas y cirugía, se equivocan y, lo más triste es que se
hunden en una angustia permanente al ver como sus cuerpos se deterioran y sus
rostros se apergaminan. Alguien ha dicho que “la única manera de alcanzar la
belleza auténtica procede del interior, de la capacidad de superar el miedo a
la muerte, de resistirse al despotismo de una atención crispada y exagerada de
nuestra apariencia física. Porque hay otra vida que se expresa de otra manera”.
Este comentario se refiere a una vida interior que se margina porque se nos
enseña que no somos creados a imagen y semejanza de Dios, sino fruto de una
interminable serie de accidentes fortuitos durante millones de años y que a
partir de una célula inicial, que nadie sabe de dónde ha salido, se ha ido
trasformando hasta llegar al hombre actual. El evolucionismo considera al ser
humano, homo sapiens, hoy homo sapiens sapiens, la máxima
perfección del proceso evolutivo. Eso sí, sin dejar de ser un animal. Este
concepto que se tiene del hombre lo despoja de cualquier vestigio de
espiritualidad. A pesar de que se considera la evolución como hecho científico
no se aportan pruebas que la autentifiquen. Los hombres como ovejas conducidas
al matadero no entienden que son personas creadas a imagen y semejanza de Dios.
Los animales irracionales no se preocupan por su aspecto
físico, ni se miran al espejo para ver si tienen algún defecto. Solamente al homo sapiens sapiens le preocupa su
aspecto físico, haciendo todo lo posible por retrasar al máximo posible la
visita de la muerte con cremas antiedad y cirugía que intentan reparar los
efectos del envejecimiento. El doctor <b>David Castle</b>,
siquiatra, dijo: “A mendo se cree que la angustia sicológica se curará con
alguna intervención cosmética, nunca es así, a menudo la cosa empeora”. Alguien
ha dejado escrito: “Yo operaría la cabeza de las personas que quieren someterse
a la cirugía estética sin necesitarlo”.
El apóstol Pedro refiriéndose a las mujeres escribe: “Vuestro
atavía no sea el externo, de peinados ostentosos, de adornos de oro o de
vestidos lujosos, sino el interno, el del corazón, en el incorruptible ornato
de un espíritu afable y apacible, que es de grande estima delante de Dios” (1
Pedro 3: 3,4). No son solamente las mujeres las que tienen “estas pesadillas estúpidas”. A los hombres
también los persiguen. En los suplementos dominicales de los periódicos
observamos como comparten espacios dedicados a la moda y al consumo de
cosméticos para combatir el envejecimiento, con la mujer. Ambos sexos se
desviven por el aspecto externo, olvidándose de lo que es más importante: “el
interno, el del corazón”. Mientras la tendencia sea esta obsesión, la visita
del jinete acompañado de su inseparable guadaña seguirá considerándose una
“pesadilla estúpida”. No es una estupidez la pesadilla, es el miedo de tener que presentarnos ante el
Juez supremo al que se le tendrá que dar cuenta de todo lo que hayamos hecho,
sea bueno o malo durante el viaje
terrenal. La pesadilla que tuvo la mujer
de Quico Jubilata la tienen todas las personas que no creen que la resurrección
de Jesús es la garantía de la
resurrección de que quienes creen en Él, fe que aporta la seguridad que el
cuerpo que hoy se tiene sujeto a la muerte y a la corrupción se levantará
inmortal e incorruptible por toda la eternidad.
Octavi Pereña i Cortina
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