ÉXODO 8: 7
“Y
dijo el Señor: Bien he visto la aflicción
de mi pueblo que está en Egipto, y he oído su clamor a causa de sus
exactores, pues he conocido sus angustias”
Para muchos Dios se desentiende de los
problemas humanos. Para bien o para mal Dios observa los acontecimientos en la
tierra.
“Y vio el Señor que la maldad de los
hombres era mucha en la tierra, y que todo designio de los pensamientos de los
corazones de ellos era continuamente el mal”
(Génesis 6. 5). El resultado fue el Diluvio que borró de la faz de la
tierra a todos los hombres excepto Noé y
sus tres hijos y a sus respectivas esposas. Lo que no entienden los impíos es
que los acontecimientos que suceden y que tanto daño ocasionan se debe al
pecado de los hombres que Dios juzga. No es Dios quien hace las cosas mal, sino
el hombre que no las hace bien. ”No os engañéis, Dios no puede ser burlado,
pues todo lo que el hombre siembra, eso mismo segará” (Gálatas 6: 7).
El texto que comentamos se refiere a que
Dios observa lo que ocurre en la tierra y contempla el sufrimiento de su
pueblo. “Tras la gloria me envió Él a las naciones que os despojaron porque el
que os toca, toca la niña de mi ojo” (Zacarías 2.8). La niña del ojo es muy
sensible. Un objeto insignificante como es una partícula de polvo que penetra
en el ojo produce un fuerte dolor. Imaginémonos que alguien introduce su dedo
en nuestro ojo, el dolor que produce es insoportable. Inmensurable es el dolor
que sufrió el Padre viendo a su Hijo muriendo en la cruz como vulgar malhechor,
para nuestra salvación. Es imposible imaginarnos el dolor constante que le produce recibir
constantes punzadas en su ojo por los malos tratos que su pueble recibe por Él.
¿Por qué el Señor permite que su pueblo sufra tanto en Corea del Norte, China,
países musulmanes…La respuesta solamente puede darla Él. Lo que sí es cierto es
que el sufrimiento nos acerca más a Él porque nos hace depender de Él más
intensamente. Si la vida fuese tan placentera que no existiese ni un simple
resfriado, lo más probable es que nos olvidaríamos de Él. Los salmos nos
recuerdan las constantes súplicas de socorro que los salmistas le hacen al
Señor.
El apóstol Pedro recuerda a “los
expatriados de la dispersión: “Para que sometida a prueba vuestra fe, mucho más
preciosa que el oro, el cual aunque perecedero se prueba con fuego, sea hallada en alabanza, gloria y
honra cuando sea manifestado Jesucristo” (1 Pedro 1: 7). La prueba sirve para
nuestra purificación, somos santos porque la sangre de Jesús nos ha limpiado
todos nuestros pecados (1 Juan 1:7), pero todavía no somos lo que tenemos que
ser. El dolor es el fuego purificador que nos hace más semejantes a Jesús en
santidad y nos lleva a paso lento a aquel día en que compareceremos delante de
Él sin mancha ni arruga (Efesios 5: 27).
SALMO 119:136
“Ríos
de agua descendieron de mis ojos, porque no guardaban tu ley”
La persona que únicamente es religiosa
pero que no se ha convertido por la fe a Jesús en un verdadero creyente que es
guiada por el Espíritu Santo, sus ojos no se convierten en ríos de agua por no haber guardado la ley de Dios.
Encuentra atenuantes y excusas a sus transgresiones. Quien no ama al Señor no puede
sentirse avergonzado por haber transgredido su voluntad.
En la iglesia terrenal siempre
coexistirán dos tipos de creyentes: los carnales y los espirituales. Los
primeros son aquellos que de alguna manera fueron tocados por el evangelio, su
doctrina, su filosofía. Fueron cautivados por su doctrina. Les sedujo la ley
pero no el Legislador. Les atrajo la salvación pero no el Salvador. Este tipo
de creyentes son casi cristianos. Su casi es un abismo que los separa de Jesús
el Salvador. En la iglesia terrenal siempre se encontrarán los casi cristianos
cuyos ojos no se convierten en ríos de agua por haber transgredido la Ley de
Dios.
El salmista pertenece al grupo de
creyentes que se encuentra en la iglesia temporal. Llora junto a sus compañeros
de peregrinaje hacia el reino de Dios eterno por no haber guardado la Ley de
Dios. No es que sean hipócritas que pretenden aparentar lo que no son. Son
verdaderos cristianos que siguen siendo pecadores, que todavía no han alcanzado
la perfección a la que Jesús les ha llamado. La persiguen pero todavía no la
han tocado. Esto es lo que hace que
desciendan ríos de agua de sus ojos. Lamentan las infracciones. Lo sienten
desde lo más profundo de sus almas. Siguen el ejemplo que da el cobrador de
impuestos de la parábola que encontrándose en el templo, lugar que para los
judíos era símbolo de la presencia de Dios entre su pueblo, que no osaba ni tan
siquiera alzar los ojos hacia el cielo, golpeándose el pecho exclama: ”Señor,
ten piedad de mí que soy pecador”. Esta es la característica del verdadero
cristiano, que el perdón de Dios por la fe en Jesús no se le ha subido a la
cabeza. Mantiene los pies en el suelo reconociendo su condición de pecador. El
secreto de la santidad recae en el reconocimiento de la condición de pecador.
Lentamente pero con paso firme, acogiéndose a la misericordia del Señor va
progresando en perfección hasta el día que encuentre en la presencia de Dios con cuerpo incorruptible
e inmortal. Hasta que este día no llegue irá dejando regueros de lágrimas a su
paso
Cap comentari:
Publica un comentari a l'entrada