dilluns, 1 de juliol del 2019


ÉXODO 8: 7

“Y dijo el Señor: Bien he visto la aflicción  de mi pueblo que está en Egipto, y he oído su clamor a causa de sus exactores, pues he conocido sus angustias”
Para muchos Dios se desentiende de los problemas humanos. Para bien o para mal Dios observa los acontecimientos en la tierra.
“Y vio el Señor que la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y que todo designio de los pensamientos de los corazones de ellos era continuamente el mal”  (Génesis 6. 5). El resultado fue el Diluvio que borró de la faz de la tierra a todos los hombres excepto  Noé y sus tres hijos y a sus respectivas esposas. Lo que no entienden los impíos es que los acontecimientos que suceden y que tanto daño ocasionan se debe al pecado de los hombres que Dios juzga. No es Dios quien hace las cosas mal, sino el hombre que no las hace bien. ”No os engañéis, Dios no puede ser burlado, pues todo lo que el hombre siembra, eso mismo segará” (Gálatas 6: 7).
El texto que comentamos se refiere a que Dios observa lo que ocurre en la tierra y contempla el sufrimiento de su pueblo. “Tras la gloria me envió Él a las naciones que os despojaron porque el que os toca, toca la niña de mi ojo” (Zacarías 2.8). La niña del ojo es muy sensible. Un objeto insignificante como es una partícula de polvo que penetra en el ojo produce un fuerte dolor. Imaginémonos que alguien introduce su dedo en nuestro ojo, el dolor que produce es insoportable. Inmensurable es el dolor que sufrió el Padre viendo a su Hijo muriendo en la cruz como vulgar malhechor, para nuestra salvación. Es imposible imaginarnos  el dolor constante que le produce recibir constantes punzadas en su ojo por los malos tratos que su pueble recibe por Él. ¿Por qué el Señor permite que su pueblo sufra tanto en Corea del Norte, China, países musulmanes…La respuesta solamente puede darla Él. Lo que sí es cierto es que el sufrimiento nos acerca más a Él porque nos hace depender de Él más intensamente. Si la vida fuese tan placentera que no existiese ni un simple resfriado, lo más probable es que nos olvidaríamos de Él. Los salmos nos recuerdan las constantes súplicas de socorro que los salmistas le hacen al Señor.
El apóstol Pedro recuerda a “los expatriados de la dispersión: “Para que sometida a prueba vuestra fe, mucho más preciosa que el oro, el cual aunque perecedero se prueba  con fuego, sea hallada en alabanza, gloria y honra cuando sea manifestado Jesucristo” (1 Pedro 1: 7). La prueba sirve para nuestra purificación, somos santos porque la sangre de Jesús nos ha limpiado todos nuestros pecados (1 Juan 1:7), pero todavía no somos lo que tenemos que ser. El dolor es el fuego purificador que nos hace más semejantes a Jesús en santidad y nos lleva a paso lento a aquel día en que compareceremos delante de Él sin mancha ni arruga (Efesios 5: 27).


SALMO 119:136

“Ríos de agua descendieron de mis ojos, porque no guardaban tu ley”
La persona que únicamente es religiosa pero que no se ha convertido por la fe a Jesús en un verdadero creyente que es guiada por el Espíritu Santo, sus ojos no se convierten en ríos de  agua por no haber guardado la ley de Dios. Encuentra atenuantes y excusas a sus transgresiones. Quien no ama al Señor no puede sentirse avergonzado por haber transgredido su voluntad.
En la iglesia terrenal siempre coexistirán dos tipos de creyentes: los carnales y los espirituales. Los primeros son aquellos que de alguna manera fueron tocados por el evangelio, su doctrina, su filosofía. Fueron cautivados por su doctrina. Les sedujo la ley pero no el Legislador. Les atrajo la salvación pero no el Salvador. Este tipo de creyentes son casi cristianos. Su casi es un abismo que los separa de Jesús el Salvador. En la iglesia terrenal siempre se encontrarán los casi cristianos cuyos ojos no se convierten en ríos de agua por haber transgredido la Ley de Dios.
El salmista pertenece al grupo de creyentes que se encuentra en la iglesia temporal. Llora junto a sus compañeros de peregrinaje hacia el reino de Dios eterno por no haber guardado la Ley de Dios. No es que sean hipócritas que pretenden aparentar lo que no son. Son verdaderos cristianos que siguen siendo pecadores, que todavía no han alcanzado la perfección a la que Jesús les ha llamado. La persiguen pero todavía no la han tocado. Esto es lo que hace  que desciendan ríos de agua de sus ojos. Lamentan las infracciones. Lo sienten desde lo más profundo de sus almas. Siguen el ejemplo que da el cobrador de impuestos de la parábola que encontrándose en el templo, lugar que para los judíos era símbolo de la presencia de Dios entre su pueblo, que no osaba ni tan siquiera alzar los ojos hacia el cielo, golpeándose el pecho exclama: ”Señor, ten piedad de mí que soy pecador”. Esta es la característica del verdadero cristiano, que el perdón de Dios por la fe en Jesús no se le ha subido a la cabeza. Mantiene los pies en el suelo reconociendo su condición de pecador. El secreto de la santidad recae en el reconocimiento de la condición de pecador. Lentamente pero con paso firme, acogiéndose a la misericordia del Señor va progresando en perfección hasta el día que encuentre en  la presencia de Dios con cuerpo incorruptible e inmortal. Hasta que este día no llegue irá dejando regueros de lágrimas a su paso



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