PROVERBIOS 24:12
“Porque si dices: ciertamente no
lo sabíamos, ¿acaso no lo entenderá el que sospesa los corazones? El que mira
por tu alma, Él lo conocerá, y dará al hombre según sus obras”
La tendencia espontánea es catalogar a las personas por su comportamiento
externo. Como desconocemos las inclinaciones secretas de sus corazones, si no es por hechos muy
concretos y significativos, el juicio que hacemos de ella es: “es una
bellísima persona”. El mundo está lleno de bellísimas personas y con
ellas el mundo en el que vivimos se ha convertido en un espacio inhóspito.
El texto nos dice: “si dices: ciertamente no lo sabíamos”. Es la
excusa del mal pagador: ver la mota en el ojo ajeno y pasar por alto la biga en
el propio. Negamos la calidad de nuestro comportamiento porque así pretendemos
engañar a nuestro prójimo. ¡Si no he hecho nada! Pero quien pone a nuestras
obra en la balanza no somos nosotros que las justificamos. Una pregunta en la
que se debe reflexionar seriamente: “¿Acaso no lo entenderá el que sospesa
los corazones?” Podemos esconder nuestra corrupción poniéndola debajo de la
alfombra para que no la vean ojos humanos. Es un intento inútil que incrementa
la culpabilidad porque: “¿No lo entenderá el que pesa los corazones?”
Dios ve el corazón, cosa que el hombre no puede.
Cuando el hombre dice: “Dios no existe”, para la tal persona sólo
cuenta lo que su ojo contempla, por ello intenta esconder sus obras malas. Si
estas son tan evidentes que no se pueden esconder debajo de la alfombra, con
dinero se compran jueces y abogados eminentes para que se les exima de su
responsabilidad. Bien. El delincuente de cuello blanco sale limpio del juicio.
Puede pasearse tranquilamente por la ciudad porque el veredicto ha sido:
INOCENTE. Pero el proceso no finaliza con la sentencia INOCENTE.
“El que mira por tu alma, él lo conocerá, y dará al hombre según sus
obras”. Al Juez divino no se le puede sobornar. Dicta sentencia justa porque
es Justo y conoce al dedillo el comportamiento humano. Llegará un día en que el
delincuente de cuello blanco deberá comparecer ante el trono divino para oír de
labios del Juez supremo la sentencia: CULPABLE. La sentencia es eterna e
inapelable. ¿De qué ha servido esconder el pecado debajo de la alfombra si no
ha impedido que el Juez supiera de ello? Mas le hubiera valido que durante el
tiempo de gracia que se le ha otorgado se hubiese arrepentido de su pecado, y
confesado a Cristo para que su sangre lo borrase. Al comparecer ante el Juez
justo hubiera escuchado de sus labios esta sentencia: INOCENTE.
1 REYES 18:
17,18
“Y cuando Acab vio a Elías, le
dijo: ¿Eres tú el que perturbas Israel? Y él respondió: Yo no he turbado
Israel, sino tú y la casa de tu padre, dejando los mandamientos del Señor y
siguiendo a los baales”
A los poderes públicos y económicos no les gusta que la Palabra de Dios
se difunda libremente. El profeta Elías le dice al rey Acab: “Vive el Señor
Dios de Israel, en cuya presencia estoy, que no habrá lluvia ni rocío, en estos
años, sino por mi palabra” (1 Reyes 17:1). La sequía que anunció Elías fue
muy fuerte y de larga duración. Según 1 Reyes
18:1 duró 3 años. Tres años sin lluvia ni rocío refrescante es mucho
tiempo. La gravedad de la situación lo pone de manifiesto al viuda de Serepta
cuando le dice al profeta Elías: “Vive el Señor tu Dios, que no tengo pan
cocido, solamente un puñado de harina en la tinaja y ahora recogía dos leños
para entrar y prepararlo para mí y para mi hijo, para que lo comamos y nos
dejemos morir” (17:12). La última
hornada y a esperar la muerte.
Acercándose el fin de la sequía
el Señor le manda al profeta que se presente ante el rey Acab. Y tal como
acostumbra a suceder el rey no se considera culpable de la miseria que la
sequía había traído sobre Israel y sus alrededores. La catadura moral del rey
la describe este texto: “Y Acab hijo de Omri hizo lo malo ante los ojos del
Señor, más que todos los que reinaron antes que él” (1 Reyes 16:30).
Considerarse culpable de la sequía que Dios había decretado por su pecado, nada
de nada. “Y cuando Acab vio a Elías, le dijo: ¿Eres tú el que perturbas
Israel?” Es cierto que Elías fue el portavoz de Dios para anunciar la
sequía que el Señor había decretado por haber quebrantado el rey y el pueblo el
pacto que había sellado con ellos. Elías, que no puede admitir la declaración
de inocencia que hace el rey, le dice. “Yo
no he turbado Israel, sino tú y la casa de tu padre, dejando los mandamientos
del Señor y siguiendo a los baales”. El profeta deja bien claro que la
sequía y la penuria que le acompañaba no fue una cuestión climática accidental.
Las nubes no desaparecieron del cielo de Israel
por propia decisión. Desaparecieron por mandato del Señor. ¿A qué se
deben las catástrofes climáticas que se producen cada vez con mayor frecuencia
e intensidad? El texto que comentamos deja bien claro que el abandono del Señor
y seguir a los baales, los dioses que nos hemos fabricado que sustituyen al
Creador, es la causa de los desastres ecológicos. ¿Seguiremos culpando a Dios,
el Padre de nuestro Señor Jesucristo de los desastres ecológicos que dañan o
nos humillaremos ante Él reconociendo nuestro pecado y pidiéndole perdón?
http://octaviperenyacortina22.blogspot.com
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