dilluns, 16 de juny del 2014


PROVERBIOS 24:12


“Porque si dices: ciertamente no lo sabíamos, ¿acaso no lo entenderá el que sospesa los corazones? El que mira por tu alma, Él lo conocerá, y dará al hombre según sus obras”

La tendencia espontánea es catalogar a las personas por su comportamiento externo. Como desconocemos las inclinaciones secretas de  sus corazones, si no es por hechos muy concretos y significativos, el juicio que hacemos de ella es: “es una bellísima persona”. El mundo está lleno de bellísimas personas y con ellas el mundo en el que vivimos se ha convertido en un espacio inhóspito.

El texto nos dice: “si dices: ciertamente no lo sabíamos”. Es la excusa del mal pagador: ver la mota en el ojo ajeno y pasar por alto la biga en el propio. Negamos la calidad de nuestro comportamiento porque así pretendemos engañar a nuestro prójimo. ¡Si no he hecho nada! Pero quien pone a nuestras obra en la balanza no somos nosotros que las justificamos. Una pregunta en la que se debe reflexionar seriamente: “¿Acaso no lo entenderá el que sospesa los corazones?” Podemos esconder nuestra corrupción poniéndola debajo de la alfombra para que no la vean ojos humanos. Es un intento inútil que incrementa la culpabilidad porque: “¿No lo entenderá el que pesa los corazones?” Dios ve el corazón, cosa que el hombre no puede.

Cuando el hombre dice: “Dios no existe”, para la tal persona sólo cuenta lo que su ojo contempla, por ello intenta esconder sus obras malas. Si estas son tan evidentes que no se pueden esconder debajo de la alfombra, con dinero se compran jueces y abogados eminentes para que se les exima de su responsabilidad. Bien. El delincuente de cuello blanco sale limpio del juicio. Puede pasearse tranquilamente por la ciudad porque el veredicto ha sido: INOCENTE. Pero el proceso no finaliza con la sentencia INOCENTE.

“El que mira por tu alma, él lo conocerá, y dará al hombre según sus obras”. Al Juez divino no se le puede sobornar. Dicta sentencia justa porque es Justo y conoce al dedillo el comportamiento humano. Llegará un día en que el delincuente de cuello blanco deberá comparecer ante el trono divino para oír de labios del Juez supremo la sentencia: CULPABLE. La sentencia es eterna e inapelable. ¿De qué ha servido esconder el pecado debajo de la alfombra si no ha impedido que el Juez supiera de ello? Mas le hubiera valido que durante el tiempo de gracia que se le ha otorgado se hubiese arrepentido de su pecado, y confesado a Cristo para que su sangre lo borrase. Al comparecer ante el Juez justo hubiera escuchado de sus labios esta sentencia: INOCENTE.


        1 REYES 18: 17,18


“Y cuando Acab vio a Elías, le dijo: ¿Eres tú el que perturbas Israel? Y él respondió: Yo no he turbado Israel, sino tú y la casa de tu padre, dejando los mandamientos del Señor y siguiendo a los baales”

A los poderes públicos y económicos no les gusta que la Palabra de Dios se difunda libremente. El profeta Elías le dice al rey Acab: “Vive el Señor Dios de Israel, en cuya presencia estoy, que no habrá lluvia ni rocío, en estos años, sino por mi palabra” (1 Reyes 17:1). La sequía que anunció Elías fue muy fuerte y de larga duración. Según 1 Reyes  18:1 duró 3 años. Tres años sin lluvia ni rocío refrescante es mucho tiempo. La gravedad de la situación lo pone de manifiesto al viuda de Serepta cuando le dice al profeta Elías: “Vive el Señor tu Dios, que no tengo pan cocido, solamente un puñado de harina en la tinaja y ahora recogía dos leños para entrar y prepararlo para mí y para mi hijo, para que lo comamos y nos dejemos morir”  (17:12). La última hornada y a esperar la muerte.

Acercándose el  fin de la sequía el Señor le manda al profeta que se presente ante el rey Acab. Y tal como acostumbra a suceder el rey no se considera culpable de la miseria que la sequía había traído sobre Israel y sus alrededores. La catadura moral del rey la describe este texto: “Y Acab hijo de Omri hizo lo malo ante los ojos del Señor, más que todos los que reinaron antes que él” (1 Reyes 16:30). Considerarse culpable de la sequía que Dios había decretado por su pecado, nada de nada. “Y cuando Acab vio a Elías, le dijo: ¿Eres tú el que perturbas Israel?” Es cierto que Elías fue el portavoz de Dios para anunciar la sequía que el Señor había decretado por haber quebrantado el rey y el pueblo el pacto que había sellado con ellos. Elías, que no puede admitir la declaración de inocencia  que hace el rey, le dice. “Yo no he turbado Israel, sino tú y la casa de tu padre, dejando los mandamientos del Señor y siguiendo a los baales”. El profeta deja bien claro que la sequía y la penuria que le acompañaba no fue una cuestión climática accidental. Las nubes no desaparecieron del cielo de Israel  por propia decisión. Desaparecieron por mandato del Señor. ¿A qué se deben las catástrofes climáticas que se producen cada vez con mayor frecuencia e intensidad? El texto que comentamos deja bien claro que el abandono del Señor y seguir a los baales, los dioses que nos hemos fabricado que sustituyen al Creador, es la causa de los desastres ecológicos. ¿Seguiremos culpando a Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo de los desastres ecológicos que dañan o nos humillaremos ante Él reconociendo nuestro pecado y pidiéndole perdón?

http://octaviperenyacortina22.blogspot.com

 

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