OSEAS 6:4
“¿Qué haré a ti, Efraín? ¿Qué
haré a ti, oh Judá? La piedad vuestra es como nube de la mañana, y como el
rocío de la madrugada, que se desvanece”
Empezamos el año 2014 sumergidos
en una profunda crisis social, económica, política y, para no ser menos,
religiosa. No hallamos nada que está
sano. Las instituciones más preclaras, la monarquía es una de ellas, están
afectadas por la corrupción. Los dirigentes hablan de paz y los conflictos
fluyen por doquier o se enquistan por el inmovilismo. Es este estado de
desintegración aparece Dios en escena y nos dice: “Venid y volvamos al
Señor, porque Él arrebató y nos curará, hirió y nos vendará” ( Oseas 6:1).
Es una invitación al arrepentimiento. Por el pecado de Judá y de Israel y, por
nuestro pecado, Dios arrebata e hiere, pero está dispuesto a curar y a vendar.
Pero debe haber un volverse a Él en
sincero arrepentimiento. No puede haber bendición de Dios si previamente no se
produce un genuino arrepentimiento que se manifiesta en el abandono de nuestros
caminos de desobediencia al Señor y del pecado.
Si nos volvemos al Señor la
consecuencia normal de dicha actitud será: “Y conoceremos y proseguiremos en
conocer al Señor, como el alba está dispuesta su salida, y ayudará a nosotros
como la lluvia,, como la lluvia tardía y temprana a la tierra” (v.3). La lluvia tardía y temprana produce
fertilidad en la tierra que se manifiesta en cosechas abundantes lo cual hace
que la felicidad se refleje en los rostros de los hombres, es el simbolismo que
Dios emplea para darnos a conocer la bendición que aguarda a los hombres si nos
volvemos a Él.
Los dirigentes religiosos se
frotan las manos de alegría porque los recintos dedicados al culto se llenan.
El aumento en la participación cúltica no es una buena medida que sirva para
indicar la autenticidad de la fe de los asistentes.¿Qué nos dice el profeta
Oseas respecto a la participación religiosa?: “¿Qué haré a ti Efraín? ¿Qué
haré a ti Judá? La piedad vuestra es como nube de la mañana y como el rocío de
la madrugada, que se desvanece”. La piedad que se manifiesta en las
celebraciones religiosas, en los teatros que representan la Pasión,
no engañan a Dios que ve lo que realmente hay en los corazones. Si no se
da un auténtico arrepentimiento tampoco no se abre la mano la mano del Señor ,
para bendecir. La alegría que se manifestó en la despedida del año viejo para
saludar la entrada del nuevo, no es auténtica felicidad. El miedo, la amargura,
la soledad, siguen existiendo en los corazones porque la impiedad recubierta de
piedad impide que la mano de Dios se abra para bendecir.
LUCAS 5:12,13
“Sucedió que estando Él en una de
las ciudades, se presentó un hombre lleno de lepra , el cual viendo a Jesús, se
postró con el rostro en tierra, y le rogó diciendo: Señor, si quieres, puedes
limpiarme. Entonces, extendiendo Él la mano, le tocó, diciendo: Quiero, sé
limpio. Y al instante la lepra se fue de él”
Jesús tiene poder para limpiar la lepra. El hombre lleno de lepara
recibió la curación de su enfermedad cuando acercándose a Jesús, le dijo: “Señor,
si quieres puedes limpiarme”. ¿Es este leproso Simón el leproso en la casa
del cual se hospedó Jesús? No lo sabemos. Lo cierto es que Simón les mostró su
agradecimiento recibiéndole en su casa. ¿Era éste el leproso samaritano que al
ver que Jesús le había curado su lepra “volvió glorificando a Dios a gran
voz, y se postró rostro en tierra a sus pies, dándoles gracias? Los relatos
de curación de leprosos que nos dan los evangelios muestra el agradecimiento
que dichos hombres expresaron a Jesús por la curación recibida.
La lepra es mucho más que una enfermedad física. Es un símbolo del
pecado. Los leprosos curados que dieron gracias a Jesús por su curación también
les fueron perdonados sus pecados.
El leproso que da motivo a este comentario “se postró (ante
Jesús) con el rostro en tierra y le rogó diciendo: Señor, si quieres puedes
limpiarme”. El hombre es consciente de su enfermedad y también de que Jesús
puede curarle. Se acerca a Él con la esperanza de que el Señor escuchará su
petición. Pero no va a Él con exigencias, como si el Señor tuviese la
obligación de curarle. No: “Si quieres puedes limpiarme”. El leproso se
acerca humildemente a Jesús implorándole su curación.
La lepra es un símbolo del pecado. Todos los hombres somos leprosos espirituales
porque todos hemos pecado si excepción. Todos necesitamos ser curados y solo
podemos serlo acudiendo a Él porque únicamente Jesús tiene poder para perdonar
los pecados. Lucas nos presenta el leproso en cuestión describiéndolo como “un
hombre lleno de lepra”. Nos lo podemos imaginar con su rostro y su cuerpo
desfigurados por la enfermedad. La pregunta que debemos hacernos es: ¿Cómo nos
vemos nosotros? Nos conceptuamos: ¿pequeños o grandes pecadores? Si nos
consideramos pequeños pecadores somos como aquellos nueve leprosos que habiendo
sido curados no volvieron a Jesús para darles las gracias. Sólo el samaritano
lo hizo. Eran unos pecadores que al no reconocer a Jesús la curación obtenida
se marcharon por el camino del olvido que conduce al lugar del llorar y crujir
de dientes eterno.
Si el concepto que tenemos de nosotros mismos es el de que somos
grandes pecadores, que el pecado lo tenemos tan extendido que ha desfigurado a
nuestra alma, entonces y sólo entonces nos volveremos a Jesús para que perdone
nuestro pecado. Si lo hacemos no nos despachará de mala manera. Nos perdonará y
nos dirá: ”Tu fe te ha salvado. Vé en paz”. Seguiremos el camino con
corazones rebosantes de gozo.
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